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Quiero ser
un árbol.

Llevo años diciéndolo. No tiene sentido que salgamos del vientre de nuestra madre y acabemos en una caja de madera, dentro de un agujero de cemento cerrado con yeso.


Lo que no tiene sentido

No tiene sentido elegir el color de la madera de un ataúd cuarenta y ocho horas después de perder a tu hermana, cuando lo que necesitas no es un catálogo. Es un psicólogo.

No tiene sentido montar un escaparate en un sitio llamado tanatorio para que la gente se sienta obligada a venir, decir «lo siento» y volverse a casa.

No tiene sentido seguir pagando un nicho cuando mi abuelo hace años que murió. Ni que el precio suba. Ni que si un día dejas de pagar, lo vacíen.

No tiene sentido que un sistema que ya se enriquece con tu vida se enriquezca también con tu muerte, y que lo haga justo en el momento en que menos capaz eres de decir que no.

No tiene sentido que hayamos convertido la muerte en un producto más: con catálogo, con extras y con letra pequeña.

Ni lo tuvo, ni lo tiene, ni lo tendrá.


Una nota

Mi padre le dejó a mi madre una nota firmada. Decía que no quería misa.

No la escribió por él. La escribió para que su familia viera que esa era su voluntad.

No hubo misa.

Mi hermana Sheila murió de repente. Estaba sana, nunca había estado ingresada, y tenía cuarenta y un años.

La autopsia dijo muerte súbita cardíaca. Sin ningún aviso, o eso creímos. Quizá sí lo hubo, en forma de cosas que tenemos tan normalizadas que ya no las vemos: el estrés, el tabaco, el alcohol, la salud mental de la que tampoco se habla. Quizá ahora me toca a mí verlas. O a ti.

No le dio tiempo a decir nada, ni tenía por qué. Hubo misa, y vino el pueblo entero.

Murieron con ochenta y tres días de diferencia. La misma familia, el mismo año. Lo que él dejó escrito, se respetó. Lo que ella no llegó a decir, lo decidieron otros.

A Sheila le plantaron un árbol en el instituto donde había estudiado y donde llevaba años siendo la profesora de inglés de ciclos formativos. Ahí sigue, creciendo entre sus alumnos.


El agujero oscuro

Mi primera muerte fue la de mi abuela Rosa, en 1993. Yo apenas tenía tres años.

Durante mucho tiempo tuve la misma pesadilla: me imaginaba la muerte con la consciencia viva. Encerrado en un agujero oscuro mientras el tiempo pasaba y pasaban los años. Me despertaba llorando porque no lo entendía, y porque no quería entenderlo.

Hoy creo que lo que no entendía no era la muerte. Era el agujero. Alguien decidió que ese fuera el sitio y nadie me explicó nunca por qué.

Con los años empecé a sacar el tema de la muerte en la mesa. Mi otra abuela —la madre de mi padre, la de noventa y seis años— me cortaba siempre igual: «Ahora no hay que hablar de esas cosas. Ahora se habla de lo de ahora, de la vida». A mi madre tampoco le gustaba mucho oírmelo. Es la misma abuela por la que mi padre, años después, dejó aquella nota.

Yo no lo hacía por llevar la contraria. Quería normalizarlo, porque la muerte forma parte de la vida y todavía hoy la tratamos como un tabú, como algo malo. Y no tiene nada de malo: es la otra mitad de la vida, igual que la oscuridad no es mala, sino parte de la luz.

Ninguna de las dos lo hacía con maldad. Y así es como se hereda el silencio: no por crueldad, sino por cariño. Cada generación calla a la siguiente creyendo que la salva de algo, y lo que hace es dejarla sin herramientas para cuando le toque.


El bosque

Imagina que los cementerios, en lugar de agujeros de cemento, fueran árboles.

Dejarían de ser cementerios. Serían bosques. Sitios bonitos, con sombra, a los que la gente querría ir — en vez de sitios a los que hay que ir. Irías a pasear, a leer, a meditar, a sentarte un rato sin hacer nada. Y ahí sí creo que se descansaría de verdad en paz.

Y estaríamos cerrando el círculo: devolviéndole a la tierra la vida que la tierra nos dio en su momento.

Aquí cabe todo el mundo, también quien tiene fe. Al fin y al cabo, el Génesis ya lo decía: «hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19). A la tierra. No a un nicho.

No es una metáfora. Es literalmente lo que le pasa a todo lo demás que se muere en este planeta. Los únicos que nos empeñamos en no descomponernos somos nosotros.

Tres árboles crecidos tan juntos que forman una sola copa, en la orilla del lago Constanza. Debajo, tres bancos mirando al agua.
Arbon, a orillas del lago Constanza. Tres troncos distintos, una sola copa, y tres bancos debajo. Ni placa, ni número, ni concesión que renovar. Con eso me conformaría.

El Garoé

En la isla de El Hierro hubo un árbol que daba de beber a toda la isla.

Era un til. Atrapaba en las hojas la niebla que traían los alisios y la destilaba en agua, gota a gota. Los bimbaches picaron pilones en la roca para recogerla, y con eso bebía la isla entera durante las sequías. Se cree que fue una de las razones por las que resistieron a los conquistadores.

Un huracán lo derribó. El que se puede ver hoy lo replantaron trescientos treinta y nueve años después.

  1. 1610lo tira un huracán
  2. 1949lo replantan

Un árbol que dio vida, que murió, y que volvió. Devolverle a la tierra lo que la tierra nos dio no es una idea nueva ni es mía: ya lo hizo un til en El Hierro hace seiscientos años.


Qué es esto

Esto no es una empresa. No vendo nada y no quiero ganar dinero con esto: sería exactamente el problema que intento señalar.

Es un sitio para hablar de la muerte antes de que llegue. Tiene tres partes.

  1. 01

    La guía honesta

    Qué opciones tienes de verdad en España, qué cuesta cada una, qué no estás obligado a contratar y qué te van a intentar vender. Información que nadie te da porque nadie gana dinero dándotela. Empieza por los cinco derechos que nadie te explica.

  2. 02

    El documento

    Una hoja que rellenas mientras estás vivo diciendo qué quieres. Para que el día que toque, nadie de tu familia tenga que elegir el color de una madera con los ojos hinchados.

  3. 03

    El archivo

    Testimonios. Gente contando su muerte y su duelo en voz alta, sin eufemismos. Porque lo que no compartes se queda en un disco duro.


Si has llegado hasta aquí

Quizá es porque tú también has enterrado a alguien y hubo algo que te chirrió. Cuéntamelo. No hace falta que sea bonito ni que esté ordenado.

hola@restintrees.org

Esto lo he montado yo solo. Lo que falta ahora no lo puedo escribir yo: son los testimonios de los demás. Si quieres que te avise cuando haya más, dímelo en el mismo correo y te apunto.